El espejo del baño

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Desnudo, 1931-1932

 

Existen momentos corrientes, de gentes corrientes y vidas corrientes en cuya belleza espontánea y abrumadoramente rutinaria sintiera uno las ganas de entrar a vivir. La ventana con la que poder hacerlo se abre de par en par en el edificio de la Fundación Mapfre, con un sincero homenaje estético a la riqueza cotidiana de la vida humana que aterriza en Madrid hasta el 2 de septiembre de la mano de un fotógrafo que miraba el mundo con ojos de curiosidad insatisfecha. Gyula Halasz, más conocido como Brasaï, se ganó el sobrenombre del “Ojo de París” por su condición de artista de talentos múltiples, pero sobre todo por el amor profesado hacia el vibrante movimiento de la capital francesa durante la década de los años treinta. Paciente y meticuloso a la hora de captar la esencia misma de las escenas que se le presentaban, supo abrazar la noche hasta convertirla en cómplice silenciosa de la crónica de costumbres que más tarde fue su obra. Gracias a la acumulación de toda esa amalgama iniciática de imágenes que el fotógrafo revelaba e imprimía él mismo en un improvisado laboratorio al que con frecuencia solía acudir Henrry Miller, captó la atención de un conocido editor parisino y a finales de 1932 publicó su pasaporte a la fama; Paris de nuit. Un París inquietante, desértico, enigmático y extremadamente social que sin embargo no mostraba la otra cara subterránea de la oscuridad. Curiosamente, todas las diapositivas que reflejaban ese mundo en los márgenes, ese mundo secreto de los mafiosos, las prostitutas, los marginados, los drogadictos y los homosexuales, permanecieron inéditas durante mucho tiempo hasta que en 1976 se publicaron en el volumen Le Paris secret des annés 30. Mezclándose con los maleantes de la época, los homosexuales, los mafiosos, las prostitutas, los chulos y los drogadictos, Brasaï sentía que entraba a formar parte del juego apasionado y de los ámbitos de moral dudosa que en ese momento estaban vetados a los principiantes; “Equivocado o no, yo sentía en ese momento, que ese mundo representaba el París menos cosmopolita, el más vivo y el más auténtico, que en esas facetas pintorescas de su inframundo se había conservado de generación en generación, casi sin alteraciones, el folklore de su pasado más remoto”. La distribución aleatoria de la muestra se divide en doce sesiones temáticas que no están ordenadas cronológicamente, lo que permite al intrépido espectador, generar un recorrido propio para adentrarse en los logros artísticos del fotógrafo con total libertad. Cuando en 1945 las tropas de liberación del ejército francés confunden su cámara asomada desde un balcón con el arma de un francotirador alemán, disparan a matar con la fortuna cuasi milagrosa de que la bala impacte en el espejo del baño. Esos cristales rotos que conviven con el miedo, con el cepillo de dientes y con la brocha de tejón de afeitar son el testigo histórico de la mirada de un artista que universalizó la dignidad del retratado.

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