Cartas a Yves

Pensar en el olor de la tierra. De la tierra pura y roja. Esa tierra que cuando se pisa se levanta casi con la velocidad de un efecto rebote y se queda suspendida en el aire por pequeñas partículas minúsculas de polvo y arena. Pensar en el ruido característico que originan las motocicletas que desplazan sus ruedas por el asfalto de la avenida de Mohamed V. Repasar todos y cada uno de los espejos que se integran como un decorado más del zócalo de la ciudad y permiten configurar un esperpéntico retrato de la población. Saborear con los ojos las frutas y los guisos. Tocar las manos de la gente. Mirar sus caras. Oler. Caminar. Sentir. Observar. Hablar. Calor. Mucho calor. Pensar en Marrakech es pensar en vida. En vida y jardines. Hace unos meses tuve el privilegio de visitar por primera vez un lugar que desde luego no resulta indiferente para nadie que lo pise, ni para nadie que se atreva a sentirlo como suyo. El Jardín Majorelle es un rincón con historia en el que se respira el pasado y el presente de dos personas. Dos almas que desde el momento inicial en el que se encontraron decidieron sellar un pacto de fidelidad que perduró en el espacio y en el tiempo. Este rincón plagado de una inmensa vegetación, secuoyas imponentes, nenúfares, colores amarillos y añiles, hermosas flores y olor a jazmín nos sirve como establecimiento del escenario en el que transcurre el inicio de una de las primeras cartas que protagonizan la novela: Cartas a Yves.

Una obra escrita íntegramente por Pierre Bergé, el amor del diseñador Yves Saint Laurent que compartió toda una vida plagada de arte, literatura, viajes, experiencias emocionales y sensoriales que trazaron la línea de su existencia y le permitieron adentrarse en las profundidades de una mente compleja, atormentada, brillante, enloquecida y excepcional como la del diseñador francés. El libro consta de una recopilación de cartas póstumas que tras la muerte de Yves, se convierten en un salvoconducto expresivo de sentimientos y en una especie de aliado contra el dolor. Las palabras se aferran a los recuerdos que emanan de cada una de las páginas y permiten que no se produzca una separación espiritual de ese amor que tras la muerte parece seguir intacto. Escribir se convierte en una forma de aplacar la pena. Su mutua pasión por el arte, les llevó a recopilar centenares de obras y esculturas y a mezclarse con el disfrute de la vida y de la cultura es su máxima expresión.

¡Qué mañana tan joven y hermosa hacia el día que nos conocimos! Librabas tu primera batalla. Aquel día conociste la gloria y, a partir de entonces ya no os volvisteis a separar. ¿Cómo iba yo a imaginar que cincuenta años más tarde estaríamos aquí, cara a cara, y que yo me dirigiría a ti para un último adiós? Es la última vez que te hablo, la última vez que puedo hacerlo. Muy pronto tus cenizas llegarán a la sepultura que te espera en los jardines de Marrakech”

Esta es la despedida inexorable de un hombre que amó hasta que las alas de gigante de su compañero de viaje dejaron de moverse.

 

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