Cartas a Yves

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Evocar un olor implica un ejercicio de sugestión terriblemente minucioso que muchas veces va acompañado de imágenes y sensaciones. Dándose esta circunstancia, me gusta que mis ojos se transformen en cómplices de mis sentidos y actúen como guía didáctica del viaje que se produce a través de la contemplación de fotografías. Que me recuerden el instante preciso en el que se congela el tiempo. Anoche, movida por un impulso de inquietud ciertamente masoquista, repasé un viaje. Repasé la figura de un hombre. Dibujé a Yves Saint Laurent entre ensoñaciones y recuerdos. Pensé en el olor de la tierra. De la tierra pura y roja. Esa tierra que cuando se pisa se levanta casi con la velocidad de un efecto rebote y se queda suspendida en el aire por pequeñas partículas minúsculas de polvo y arena. Pensé en el ruido característico que originan las motocicletas que desplazan sus ruedas por el asfalto de la avenida de Mohamed V. Repasé todos y cada uno de los espejos que se integran como un decorado más del zócalo de la ciudad y permiten configurar un esperpéntico retrato de la población.

Saboreé con los ojos las frutas y los guisos. Toqué nuevamente a través de la fugacidad de la nostalgia las manos de la gente. Miré sus caras. Olí. Caminé. Sentí. Observé. Hablé. Pensar en Marrakech es pensar en vida. En vida y jardines. Tuve el privilegio de visitar por primera vez un lugar que desde luego no resulta indiferente para nadie que lo pise, ni para nadie que se atreva a sentirlo como suyo. El Jardín Majorelle es un rincón con historia en el que se respira el pasado y el presente de dos personas. Dos almas que desde el momento inicial en el que se encontraron decidieron sellar un pacto de fidelidad que perduró en el espacio y en el tiempo. Este rincón plagado de una inmensa vegetación, secuoyas imponentes, nenúfares, colores amarillos y añiles, hermosas flores y olor a jazmín nos sirve como establecimiento del escenario en el que transcurre el inicio de una de las primeras cartas que protagonizan la novela: Cartas a Yves. Una obra escrita íntegramente por Pierre Bergé, el amor del diseñador Yves Saint Laurent que compartió toda una vida plagada de arte, literatura, viajes, experiencias emocionales y sensoriales que trazaron la línea de su existencia y le permitieron adentrarse en las profundidades de una mente compleja, atormentada, brillante, enloquecida y excepcional como la del diseñador francés. Francés como un cuadro de Matisse. El libro consta de una recopilación de cartas póstumas que tras la muerte de Yves, se convierten en un salvoconducto expresivo de sentimientos y en una especie de aliado contra el dolor. Las palabras se aferran a los recuerdos que emanan de cada una de las páginas y permiten que no se produzca una separación espiritual de ese amor que tras la muerte parece seguir intacto. Escribir se convierte en una forma de aplacar la pena.

Su mutua devoción por el arte, les llevó a recopilar una importante colección de centenares de obras y esculturas en su mansión de la rue de Babylone y a mezclarse con ambientes sibaritas cuyo núcleo común era la pasión por la vida y la cultura en su máxima expresión. Catherine Deneuve fue una de sus grandes confidentes y más fieles amigas. Sin duda, la visión de la pareja sentimental del diseñador acerca de su personalidad, va más allá del mito y de la pompa que rodearon su vida. A pesar de que muchos pretendieron apropiarse de su extravagancia, Pierre fue conocedor absoluto y testigo privilegiado de las mil caras de Saint Laurent. La dualidad psicológica de este virtuoso de las telas murió junto con su estela un domingo 1 de Junio de 2008 a las 23:10 de la noche en la habitación de un hospital de París tras la lucha agónica contra un cáncer que nunca supo que padecía, rodeado de las personas a las que amó sin miedo. Su lápida de mármol rezaba: “Modisto francés”.

¡Qué mañana tan joven y hermosa hacia el día que nos conocimos! Librabas tu primera batalla. Aquel día conociste la gloria y, a partir de entonces ya no os volvisteis a separar. ¿Cómo iba yo a imaginar que cincuenta años más tarde estaríamos aquí, cara a cara, y que yo me dirigiría a ti para un último adiós? Es la última vez que te hablo, la última vez que puedo hacerlo. Muy pronto tus cenizas llegarán a la sepultura que te espera en los jardines de Marrakech”

Esta es la despedida inexorable de un hombre que amó hasta que las alas de gigante de su compañero de viaje dejaron de moverse.

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