Ilustración de Mathias Sielfield

Observación matutina

Esta mañana iba sentada en el vagón del metro de la línea 6 que cojo todas las mañanas. No es un hecho inusual. No supone novedad. No es ni siquiera un acontecimiento de interés. Ni para mí misma, que debo permanecer durante al menos unos 7 minutos de pie con el consiguiente constreñimiento del cuerpo (síntoma evidente de la hora tan temprana que es), la mirada fija en un punto escogido al azar, el pensamiento en algún lugar de mi cabeza que ahora mismo no acierto a recordar y alguna que otra mueca soñolienta y ni siquiera para el pobre del que esté sentado contemplando semejante espectáculo matutino de bostezo y desidia. Pero, ¿Y si os dijera que esta mañana he compartido 3 de esos 7 minutos que dura mi trayecto hacia dios sabe dónde con un liliputiense de apenas 6 años, cuyos ojos grandes como un globo y la expresividad propia del curioso no han cesado de mirarme? ¿Si os dijera que además hemos compartido un recreo de intimidad consistente en burlas y gestos histriónicos (más por mi parte que por la suya) que finalmente han terminado en risa, a escondidas de la madre que andaba ajetreada con tecnologías que a priori parecían más urgentes que la llamada de atención incesante que requería este pequeño ser de escasos centímetros? Si os dijera que además de su risa, me he llevado un casto beso en la mejilla de la forma más inesperada y pegajosa posible, ¿Qué pensaríais?, ¿Qué pensaríais si os hablara de una pareja que ha subido minutos después de bajarse mi pequeño amigo, cuyos gestos en sus respectivas caras hablaban por si solos? Cristales de rencor jugando a expandirse a través de pequeñas muecas. Elementos que tienen que ver con la piel y que hablaban más que el silencio. Más que sus bocas. Que sus manos. Que sus dedos. Que sus frentes. Más que sus corazones. ¿Qué pensaríais de ese hombre trajeado que se sube de forma rauda en la estación de Moncloa, apresurado, acalorado, casi sudando después de la velocidad adquirida por el miedo a perder este tren? Sus diminutas pestañas apenas dejan entrever la clase de mirada que puede tener un hombre como este. De los que conserva el dobladillo en los pantalones porque la asistenta se olvidó de quitárselo con la plancha. De los que miran al frente y por encima. De los de maletín en una mano y desvergüenza en la otra. De los que mean colonia. Nunca me gustaron los hombres con traje. ¿Qué pensaríais de ese hombre que hoy tachamos de loco, que muestra ropa descuidada y emite frases, emite pensamientos venidos a menos, emite hasta graznidos y ruidos de difícil catalogación mientras pide dinero? ¿Somos capaces de preguntarnos cómo sería ese hombre cuando conservaba su dignidad? ¿Cuándo tenía algo por lo que vivir? ¿Somos capaces de preguntarnos también que clase de broma macabra hace que estas dos personalidades tan distintas compartan medio de transporte? Ese niño de enormes ojos, esa pareja estancada en el terreno del olvido, ese hombre trajeado, ese loco. Todos ellos tienen un poquito de nosotros. Todos ellos de forma directa o indirecta han hecho que esta mañana al subirme al metro y contemplarles, sintiera en un breve espacio de tiempo, que estamos vivos y que somos instinto y necesidad. Que somos miedo y pasiones. Que somos carne, inocencia y poder.

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