Hace falta estar ciego

Nos trasladamos a un escenario. Nos trasladamos a un micrófono portavoz de engaños. A un rostro. A una mirada invariable. Nos trasladamos a la ponzoña de unas palabras pronunciadas en el aire que aterrizan de forma directa en nuestra conciencia; “Será una batalla monumental entre el bien y el mal”. Esas fueron las palabras que pronunció el presidente George Bush poco antes de comenzar su particular batalla contra el terrorismo. Resulta curioso hasta qué punto la leyenda de un país vanagloriado e imitado por importantes potencias mundiales puede presumir de un mito consistente  en una parafernalia de agresivo capitalismo cuyo negocio armamentístico resulta demasiado rentable. La guerra es algo necesario y nosotros somos los buenos. Esas palabras conforman de una forma aproximada la prioridad estadounidense que viene a ser tan aplaudida. Solo debemos remontarnos a las Azores y a un presidente de gobierno arrodillado ante el sadismo de la guerra y movido por un creciente complejo de inferioridad tan típicamente españolito.  Alegaron que la guerra de Irak era una lucha mundial contra el terror. Terror que se convirtió es seña de identidad durante el transcurso de una ocupación larga y tediosa que se estima terminó con 1.033.000 víctimas como consecuencia directa de una violencia absolutamente brutal. La retahíla diaria de cifras y datos de muertes por crímenes de guerra, de muertes por torturas en espacios habilitados como Guantánamo, de muertes fratricidas, violentas, impunes. De muertes con nombres y caras. Muertes que gritan y lloran. Muertes de metralla que se producen delante de las caras de unos niños cuya infancia se está desarrollando en una realidad que no merecen. Esas muertes que contemplamos impávidos desde el sillón de nuestra casa. Seguramente existan personas a las que no se les remueva nada contemplando una rutina a la que de forma aleatoria nos han acostumbrado los medios de comunicación. Seguramente el señor Bush no haya reparado jamás en la mirada de un niño afgano al que la guerra de Irak otorgó una significación de violencia salvaje que permanecía silente en su cabeza y demasiado ruidosa en su alma, coexistió con militares americanos que iban armados diariamente, y empapó la ilusión de humo, fuego y sangre. Los americanos tienen razón. La guerra es algo necesario. Necesario para entender la complejidad de una naturaleza humana que por mucho que pasen los años sigue empeñándose en demostrar la cara más infernal de nuestro corazón.

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